© 2019 Javier Orlando Cárcamo Guzmán
© 2019 Primera edición. LIDET Guatemala
ISBN: 978-9929-787-44-5
RPI: 2019-000140
Edición: Sofía Samayoa de Ochoa
Revisión 2018: Marcela Corleto

Diseño y producción: JOCG / LIDET Guatemala
Impreso en Guatemala por Punto Gráfico Litografía
280 páginas

Inicio del Capítulo I

 

La noche parece un fantasma que se desliza por las espinas de un rosal vengativo.
Los viejos restos del imperio de adobe son maceteros erosionados de los cuales brotan flores rosadas y lilas que, aunque visten el aire con sus tonos brillantes, reflejan sombras tristes que hacen ver aún más viejos los vestigios de columnas musgosas; gigantes formas simétricas y mudas que brotan de raíces formadas por ocres esqueletos atrapados en plena huida.


Entre cada sobreviviente espacio, decenas de semidesnudos niños de piedra sujetan con dolor las cornisas que el tiempo ha hecho más pesadas, y sostienen a su vez las bóvedas agujereadas en donde se asoman imágenes de desconocidos santos sin cabeza.


Con el viento arrastrando sonidos de seres creados por el miedo y el deseo incontenible de tratar de escuchar algo que justifique el crujir de dientes, se fueron armonizando tambores producidos por los corazones de mil personas que tenían, todas, ojos en los oídos desde aquel extraño sueño de la anciana que vio cuando la tierra se tragó a las primeras seis familias que usaron las estrellas del occidente montañoso como sábana sagrada mientras hacían el amor, cada noche, para cultivar la tierra.


Escrito quedó, mas nadie sabía en dónde, pero hace cinco siglos, cuando esa mujer era joven y tan deseada como la dulce leche de los muros de los templos, sucedió que tuvo un sueño que no sabía si hacerla sentir gozo, vergüenza o pena. Soñó que tenía ojos en los oídos y que podía cerrarlos con párpados y pestañas cada vez que no quería saber algo; y cuando escuchaba algo que le interesaba mucho, por ser leyenda, por ser secreto, por ser brujería o confesión
erótica, ella prestaba toda la atención y podía ver con detalles lo que pasaba. Para ella las imágenes cruzaban el adobe; ella atravesaba jardines, penetraba ventanales, subía escaleras y observaba los vestidores de las vírgenes y sus conquistadores.


Nadie más ha podido ver, como ella, la forma y el color de un orgasmo, de un verdadero gemido de placer escondido…

 

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