Dedicado a: 

Todos los muertos
que me he comido.

VII

 

Tu existencia es una enfermedad

de la que soy prisionero,

desde la medianoche

hasta la orilla de un precipicio mental.

 

La soledad es un regalo de la muerte,

es un recuerdo que sobrevive en cada rincón

en forma de sombra, de quietud,

de vacío o de silencio.

 

La soledad es una maraña de reflejos

que tropiezan entre los ojos cerrados.

Son imágenes viejas

con palabras inventadas,

no dichas, desperdiciadas.

 

Un lugar donde se reúnen

los deseos, los miedos y esperanzas,

todo, con tal de llenar

esas gigantes esquinas

que esconden cientos de gritos

fragmentando la oscuridad.

 

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XXXIV

 

Esa noche, no sé por qué,
me miraste con los ojos exhaustos
y la boca entreabierta.
Temblorosa, preguntabas quién era yo...

 

Callé.

 

Porque el tener tu cintura fundida a la mía
me hace ignorante de todo.

Por eso callé.

Volvió la noche, pero ahora no estás.
Ahora sé quién soy.

Soy la oreja de un feto abortado,
el niño que se oculta tras un juguete,
la marioneta de cera,
el paraguas de un fantasma.
Eso soy.

 

Una escalera rumbo a una pared sin puerta,
una lámpara sobre una silla vieja,
una sonrisa triste,
un anciano pobre,
un ave en el parque,
un perro amarrado,
un huérfano sentado
en las vías del tren.

 

Y no es que cambie,
ni que me transforme en cosas
Sólo se descubren, se liberan,
y me convierten en una llamarada,
en un baile que sacude las flores
y mueve las agujas de un reloj londinense
con el macabro palpitar
de mi corazón solo,
como el de un ciego
en la orilla de un muelle.

 

Es lo que soy,
la ceniza de un habano desesperado,
el agua de una ducha clandestina
en un vestidor de vírgenes,
el viento que revuelve el cabello
de las monjas,
el túnel hacia el eterno sexo,
el sobre sin carta adentro,
la maceta en la ventana,
la bolsa de papel en la cabeza,
la pala sucia,
la escoba vieja,
la letra de un himno a la cama,
el buzón de un mendigo.

 

Una ilusión,
una especie de licor derramado
sobre zapatos cansados.
tu camino nevado,
tu árbol seco, todo eso soy.

 

Y me reduzco cada vez  más
hasta volverme tu argolla,
tu pistola,
tu dedo medio.
Esa extravagante reunión de nadas
de la que ilógicamente surge todo
lo que ya es tuyo.
Un yo, que no sé qué es
cuando está contigo
pero que es de todo cuando ya no estás.

 

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XIV

 

La noche por un momento abrió su boca
para proclamar estrellas,
una ciudad de colores
que ilumina la colina,
corrió a la ventana,
se fragmentó en la cortina
y llegó apenas a tu cabello,
que también cambia,
a veces negro,
a veces  dorado,
y a veces no lo veo.
Se combina la textura de tu piel
con los quiebres de mi cuerpo,
y somos el horizonte y el celaje
entre los límites de la ceguera contagiosa,
y las caricias curiosas.
Y pienso y siento
que mi corazón es por momentos
una bodega de porquería.

 

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XVI

 

Qué difícil es no decirte que te amo,
que deseo cada respiración tuya
en mi boca.
Que anhelo ser una lluvia
sobre tu cuerpo.
No sé cómo decir,
sin que tú temas,
que solo existe el tiempo
que paso entre tu cuerpo
y que se hace eterno mientras
los ojos estén cerrados.

 

Es difícil
porque amarte
es amar la figura
que la imaginación ha creado
conjugando mis deseos y mis miedos.

 

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XVII

 

Cuando deslices tu mano curiosa
entre el enigma de tus piernas,
haz que tus dedos se vuelvan pétalos,
pétalos con rocío,
rocío que provenga de tu boca.

 

Cuando escuches mi voz
antes de entregarte a la noche,
transforma el sonido en carne
y deja que mi lengua
te escriba en el oído
lo que deseo,
que marque en tu cuello la ruta del fuego
y apague tu incendio
al llegar a tu pecho.

 

Si atrapaste mis ojos
con tu mirada inquieta
y tragaste mis sueños
con un mudo suspiro,
es porque me sientes
dentro de tu cuerpo.

 

Amada mía, ¿ya te diste cuenta
que el camino al cielo
empieza en los dedos de tus pies?

 

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VI

 

Hablar de ella es alcanzar lo irracional,
acariciar la unión entre el fuego
que pasea sobre las aguas.

Ella es una escultura de carbón ardiendo
en una isla de hielo
que destila de sí misma
su vida en cada gota.
Su rostro tiene luz
y llena de calor
los espacios que encuentra.
En un ojo tiene la ira
y en el otro espera la verdad,
es una gota de sangre
sobre un pétalo,
un beso sobre un cristal.
Su amor es un castigo al deseo,
la respuesta a la oración lujuriosa.

Una sábana de pétalos
bajo una guillotina.

 

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XXIV

Tengo el fantasma del sábado
bajo los párpados,
el espíritu de la medianoche
de los países lejanos,
la fiebre del pensamiento erótico
y el delirio de la luz y el color azul.
Tengo la sombra de la pobreza
haciendo círculos en mi bolsillo,
y cuatro balas en el pecho,
sin salida.

Tengo una voz que examina mi almohada
justo antes de las doce
y una canción que no termina,
y un dolor que no cesa
porque estoy tirado, echado
en el lienzo que no pintaste con las manos.
Aferrado al maldito lápiz
mientras soporto el destino
de escribir con mi lengua
las palabras de tu libro.
Ver las páginas amplias
como piernas de papel
y fornicar con la tinta,
dejando hijos en cada frase.
Pequeñas gotas que adquieren la forma
de las letras de tu nombre.

Tengo el fantasma del sábado
danzando entre los hielos viscosos
de este licor sagrado.

 

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XXXVIII

El adiós llegó a mi puerta
como si siempre
allí hubiera estado.
Cumplí esa promesa
de velarte un viernes,
y lo hago,
aunque sin saber si vives o mueres,
Por eso tengo la noche en la mesa
para contemplarla completa
con las lunas húmedas y atentas.
Así llegó a mí, de pronto,
el aliento de la muerte injusta,
la rebelión de los ignorantes,
una masiva manifestación de estupidez
traducida en sonrisas mediocres
y dudas notables,
acerca de todo.
Y es que a veces la mesa se comparte
con la gente más mierda que existe,
rodeado de traidores sin pan necesario,
lleno de cosas que refuerzan el asco,
ideas que afloran y dan miedo
porque son muchas
y quieren controlar todo.
Ahora mira, 
cómo dejo caer
un himno sobre sus cabezas
sin importar si me entierran junto a ti,
y logre así
sembrar en tu tierra y en tus aguas.
Esos abortos frustrados
no conocen las palabras
que les dan vida a ellos mismos.
Sólo conocen la ciencia
de sus vestidos negros
y de sus cabellos rizados.
Dominan el arte de la injuria y del llanto,
del coro de los dormidos,
de la riqueza merecida,
del trueque divino,
de la garantía existencial
del monopolio del cielo.
Nada hay para mí en este mundo,
gobernado por el fango,
por el lodo dulce,
de lentitud,
de eterno arrepentimiento,
de patadas y maldiciones.
Necesitan que Dios mueva sus lenguas
porque les pesa demasiado por las culpas.

 

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XLI

Déjame verte, amor mío,
con el rostro de la pena
y esas suaves líneas de ternura
que caen derrotadas
de tu cabeza a tus hombros.

 

Déjame verte,
y tratar de comprender
cómo llegaste aquí,
sin querer,
con la gigante cruz de la tristeza,
para enmarcar mi muerte,
para darme a beber con tus manos
lágrimas con sabor a tierra.

 

Déjame al menos tocar tu rostro,
sentir si hay piedad, lástima,
o algo que me perdone la vida.
Algo que no te mate
para que tenga que morir yo.

 

Algo que no me arroje
al cuarto de la locura,
algo que no me empuje al abismo
entre el alud que se precipita
desde tu cara,
con mi reducida existencia
y lo que queda del corazón.
Mientras la hora me ve pasar,
y yo mismo no me alcanzo
para contemplarte por vez última.
 
Pero déjame verte,
no quiero recordar tu rostro así,
fragmentado con tus dedos como celda.

 

Déjame verte, amor de siempre,
y déjame escuchar la música
que surge de tu respirar agitado,
con un poco de llanto
y mucho de aliento.

 

Déjame verte, amor mío.
Quiero tu imagen en mi cementerio,
y darle un beso al suelo,
mientras se cubren con hojas secas
los caminos que antes nos vieron.

 

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